Bajo una lluvia veraniega

Hay frases que son como la lluvia, refrescan las ganas de vivir.

Finales de agosto, mes agradable y por ciertas consideraciones, su favorito. Él arribó al sitio del encuentro, considerablemente temprano –Más vale una hora antes, que un minuto tarde –Dijo mientras se acercaba al árbol y veía a una ardilla saltar alejándose del lugar–.

Se situó bajo la fresca sombra del árbol, era acogedora. Miro hacia ambos lados, cerciorándose de estar lo suficientemente retirado de las personas que pasaban como para sentirse tranquilo, solo. Con suavidad, colocó su maleta frente a él y de la misma manera, abrió el cierre, introdujo su mano para extraer un libro, la pasta era gruesa y sus páginas aun conservaban el tenue olor de una biblioteca, rústica y silenciosa. En medio de dos páginas, un separador hecho de con una pequeña hoja y un dibujo, le mostraba dónde leyó, por la derecha, la página 157, pero la hoja de la izquierda le indicaba que por ahí comenzaría a leer. Comenzó su lectura, pues le parecía buena forma de hacer transcurrir el tiempo. Algunas nubes aparecieron.

Una corriente de viento trajo consigo dos consecuencias, la primera, una hoja ambarina del árbol cayó justo tapando las últimas dos letras de la siguiente palabra a leer, la segunda consecuencia fue percibir un muy suave aroma que más que llegar a los pulmones, llego al corazón y arrebató una sonrisa espontáneamente, no dudó en levantar la mirada, no obstante, lo único que logró ver, fue algunas hojas que también habían caído de otros árboles y ahora se alzaban en tan alucinante vuelo, directo a un pequeño montículo de tierra y más hojas.

Desconcertado, dio un par de pasos al frente, escudriñando de dónde provenía aquel fino olor, aguzó su vista un poco, pero nada. Antes de dar el mismo par de pasos, ahora hacia atrás, una sombra se acercaba por sus mejillas y las dos manos que hacían la sombra cubrieron sus ojos. Unos labios se acercaban, una respiración fue recorriendo desde su cuello hasta su oído izquierdo. –Hola –Susurró ella–. ¿Me buscabas? Y después, hincó un cálido y tierno beso en su mejilla.

Él ya había cerrado sus ojos y sus labios exteriorizaban una sonrisa. El libro en el suelo.
–No noté que llegaras –Preguntó justo al volverse–. ¿Llevas mucho aquí, detrás de mí?
–Lo suficiente –Dijo mirando al libro en el suelo–. Logré ver el detalle en la página 156.

Ambos sonrieron, mirándose. Ella estaba a punto de agacharse a levantar el libro, él lo evitó e incrustó en suave beso en sus finos labios carmesí. Luego, ambos se agacharon por el libro, su mano quedó encima de la de ella, inevitablemente sonrieron. Guardaron el libro y comenzaron a andar por un camino formado al parecer por arena y lisas rocas de río. Más nubes se distribuían parsimoniosamente por el cielo.

Andaban por aquél sendero de la mano, el canto de las aves orquestaba una breve melodía, era como un deleite para los oídos en medio de una amena charla de amor. Pronto, él soltó su mano, ella se sorprendió y lo miró, él sonrió y la abrazó colocando la mano en su cintura. Recargó su cabeza en la de ella y la caminata perdió velocidad. Un par de nubes más taparon uno de los últimos rayos del poco impetuoso Sol. Una sombra fresca los envolvió.

Se acercaron a un pequeño lago y vieron un lugar perfecto cerca de una gran roca, se sentaron. Él se acomodó del lado derecho, pues al abrazarla, ella quedaría más cerca de su corazón y él podría sentir con su mano el más hermoso latir del suyo. La charla seguía llena de amenidad. Una breve carcajada brotaba de ambos, producto de un chiste que, a su vez, era cortesía de una experiencia, de esas llenas de ironía. El eco de aquella risa se producía al otro lado del lago.

La temperatura descendió un poco, un abrazo cálido arreglaría eso. Agradable aroma se desprendió de unas flores que estaban cerca del lugar, pues la humedad había aumentado. Observaron cómo el lago se llenaba de diminutas ondas elípticas ocasionadas por el impacto de pequeñas gotas de lluvia, esas gotas no tardarían mucho en caer sobre ellos. Él volteó a ver cómo la mirada de la chica se llenaba de interés por las gotas al hacer contacto con la superficie del lago. Una gota cayó sobre el cuello de ella, se deslizó paulatinamente y la siguió en su camino, hasta que se perdió en medio de su pecho. Cuando ambos se miraron a los ojos, la lluvia ya había empapado sus cabellos por completo, sonrisas se dibujaron aunque un frío los invadía.

Sus rostros se aproximaron, hasta unirse en un profundo y cálido beso en medio de la lluvia. El frío desaparecía poco a poco, las caricias al igual que las gotas de lluvia, recorrían completamente sus cuerpos, con gracia y delicadeza de igual forma. La tormenta intensificó junto al contacto y el amor. El Sol parecía haber desaparecido, pues en su lugar unas estrellas iniciaban a cubrir el cielo de un azul no tan oscuro y el agua de aquella tormenta aún cubría sus cuerpos semidesnudos bajo aquella lluvia veraniega…

La magia de un sueño plasmado en letras.

Villicaña Avila Daniel

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Acerca de Daniel

Nada es verdad. Todo está permitido.

Publicado el 28 agosto, 2011 en Amor, Efímero, Verosimilitud y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Sr. Daniel me da gusto que su pagina siga mejorando, eso es significado de que usted esta mejorando! Le mando un cordial saludo y un abrazo; echele ganas a la escuela y siempre adelante…

  2. Ese sueño es mágico y nos lleva a adentrarnos en la historia, muy hermosa. Estar bajo la lluvia con el ser que se ama debe ser una de las experiencias más maravillosas de la vida, espero algún día despertar de ese sueño que también tengo y que sea una realidad. Saludos!

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